Las Psicodélicas Aventuras de Luis Alberto Spinetta, o Cómo Ir y Volver por Amor al Arte
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Por Lean Falcón
Cada tantos años, los medios especializados nombran a Luis Alberto Spinetta como uno de los músicos más influyentes de la historia del rock argentino. Y aunque a él este honor no le parecía importante (“No significa nada… es algo muy relativo… no me molestaría ser el menos influyente… son cosas para dorar la píldora”, le dijo a Canal A en el 2002), algo de razón tienen para hacerlo. Pero, ¿qué influyó al artista más influyente?
Casi que no hay músicos argentinos que, en algún momento, no hayan encontrado en la obra de El Flaco algo de información interesante. Con 39 discos oficiales de larga duración y casi 400 canciones registradas (a las que hay que sumar inéditos, bandas sonoras y bootlegs) existe material de sobra por el cual inspirarse.
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En su biografía aparecen algunas de sus influencias recurrentes: la represión estatal a manos de la policía y los militares; el cariño de los familiares y amigos; el descubrimiento de la obra de otros artistas y, por supuesto, las drogas. El sexo, las drogas y el rock and roll son un trío tradicionalmente inseparable; y en la vida de Luis Alberto, varios momentos de su carrera se vieron atravesados por ellas.
Despertar al mundo
La primera anécdota relacionada a las drogas aparece en la vida de Spinetta, curiosamente, antes de que las hubiera probado. En la época del secundario, como una travesura contestataria hacia las autoridades eclesiásticas que dirigían el Colegio San Román, Luis y amigos organizaron un evento de graduación titulado “Homenaje al Ácido Lisérgico”.
Allí pasaron música de la incipiente cultura hippie, proyectaron la película Help de Los Beatles, hicieron sketches delirantes y tocaron algunas canciones. El clímax del show lo daría una escena donde Luis y otros amigos disfrazados de hippies fumones eran “inyectados” por unas jeringas gigantes de utilería, lo que figurativamente daba pie a que entrara la fantasía psicodélica en la historia que estaban contando.
Aquellos jóvenes inocentes y obedientes no conocían (aún) los caminos de la sustancia, pero sí tenían fragmentadas noticias sobre la movida cultural de los años 60, de las enseñanzas de Timothy Leary y de los delirios del Sargento Pepper. Para ellos, las drogas eran más una metáfora de aquella novedosa forma de vivir la vida que un hábito de consumo.
Iniciado del alba
Acerca de esa época, circuló en el periodismo una anécdota apócrifa que contaba que, en una reunión de una agrupación política juvenil, Luis se habría mechado un charuto en protesta por la posición grupal de que “las drogas eran enajenantes”.
Emilio del Guercio, bajista de Almendra y compañero durante la corta militancia de Spinetta, desmiente el episodio en el libro Ruido de Magia: “Nunca Luis se fumó un porro delante de ellos por la sencilla razón de que no conocíamos la marihuana en aquella época”.
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Según Del Guercio, el primer porro se lo habrían fumado en 1969, en la terraza de su propia casa, por cortesía de un mochilero vagabundo al que le decían “El Francés”. Más allá de ese debut, el ambiente general en el que se movía Spinetta era más de fantasía imaginativa que inducida por sustancias.
Recién en 1970, Spinetta (ya con una pequeña fama como cantante de Almendra) se empezó a juntar con gente más “de la pesada”, como Pappo o Alejandro Medina. Y en esos ambientes sí circulaban drogas. ¿Qué drogas circulaban? Algo de marihuana, algo de LSD, pero principalmente anfetaminas.

Durante finales de los ‘60 y principios de los ‘70, las anfetaminas fueron de venta libre y de uso popular. A diferencia de otras sustancias, tenían un correlato de marketing positivo, al igual que lo tiene hoy el alcohol. La marca “Obesín” le prometía a las amas de casa que el consumo les ayudaría a bajar de peso, y la marca “Actemín” le prometía a los estudiantes que se podrían quedar toda la noche sin dormir leyendo para los exámenes finales. Todo muy normal.
Hoy sabemos que el uso indiscriminado de anfetaminas conlleva adicción, problemas cardíacos, depresión, trastornos del sueño e inclusive muerte súbita; pero eso no significa que hayan desaparecido del consumo popular.
Spinettalandia y sus amigos tóxicos
El primer disco de Almendra tuvo bastante éxito y es hasta el día de hoy recordado como una piedra fundacional de la música rock en Argentina. El segundo, Almendra 2, aunque tiene lindos momentos, es más un compilado caótico de ideas sueltas que una obra esquematizada.
Ese desmadre espejaba la situación caótica que vivía la relación de los miembros de la banda, en parte producida por las “malas juntas” que llevarían al jovencito Luis Alberto por el camino de los excesos.
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Bajo esas influencias, Spinetta ideó una especie de ópera hippie (que nunca se produjo) y se fue a vivir en comunidad al barrio Florida, partido de Vicente López.
Por esa casa deambulaban músicos, artistas y personajes de todo tipo. Aunque sus ex compañeros la recuerdan como un lugar de perdidos, Luis ha hablado de esa experiencia como una forma de rica experimentación juvenil. Por estas y otras diferencias, Almendra se terminó separando, a pesar de que por contrato la banda le debía a la discográfica un longplay más.
La primera idea de Spinetta para saldar esa deuda sería grabar 32 minutos de sonidos random sin ensayar, dividirlo en lado A y lado B, y entregarlo a los patrones bajo el nombre “La música que hace cualquiera”.



