Los Modelos de Conducta de Noduermo, Director de los Estrambóticos Videoclips de la RIP Gang
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Este artículo se publicó por primera vez en El Planteo en julio de 2021
Fulgor lejano, caos post-adolescente y noches en vela. Dicen que el insomnio ocurre por falta de sueño, pero también por exceso de obsesiones. Y fue la casualidad, el destino o una coincidencia lo que hizo que Andrés Capasso, alias Noduermo, alias Inzomnia, alias Andy, cambiara su vida para siempre. “Todo parece que se dio en el momento exacto”, dice.
Cineasta y director creativo de la RIP Gang, la crew de Dillom, Muerejoven, Saramalacara y otros deformes, marcianos y geniales artistas de la new wave del trap doméstico, Capasso pasó por tribulaciones, se tiró a una pileta llena de oscuridades y, aunque parezca un cliché remanido, alzó la cabeza y vio que, ahí, donde estaba mirando, había mugre pero también oro.
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“Las cosas que hago hablan de mí”, reconoce el realizador de los más populares videoclips de la RIP Gang y uno de los encargados de trazar una línea narrativa que comprime el ZEF Side, la televisión y la música de los 2000, los rednecks criollos, South Park y Adult Swim y que, en su ancho nervio, devuelve un artefacto irónico, chicloso y alucinante.
Gestación y capítulo 0: Mis modelos de conducta
Nacido en el año 1995 en Morón, en el oeste del Gran Buenos Aires, Andrés vivió en Villa Tesei hasta los 12 años cuando, por cuestiones laborales, su familia emigró a la provincia de Misiones.
“Tuvo momentazos”, reconoce Andrés, que oscila entre el “pueblo chico, infierno grande”, una niñez libre de compromisos, las vibras de una película norteamericana y un tono asfixiante. “Fui callando lo artístico hasta que tuve internet y ahí encontré un mundo más lejano de lo que imaginaba. Fue el momento en el que dejé de hacer siempre lo mismo”.

Junto a su madre, su padre y su hermana vivió en Concepción de las Sierras, un pequeño pueblo al sur de la provincia. Allí, como en las fábulas de El Zorro, una lista que tiene, más o menos, siempre lo mismo: un colegio secundario, una plaza, un boliche, una iglesia, una municipalidad, una comisaría, un cementerio, mil vueltas al perro. Y poco más.
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Por eso, aunque sus padres siempre fueron sobreprotectores, el inquieto Noduermo -que había tocado el contrabajo en una orquesta provincial, tomado clases de dibujo y estaba enroscado con la idea de filmar cosas para subirlas a YouTube- se mandó a mudar a sus 18 años.
¿El destino? Buenos Aires. ¿El pretexto? Estudiar cine. ¿La verdad? “Quería hacer lo que se me cantara el orto, pero si decía eso, mis viejos me iban a mandar a la mierda”, desliza entre risas.
Preludio: Mi Buenos Aires querido (y tóxico)
Su mudó al barrio de Once: crisol de razas, colores, familias, texturas y universos. Se anotó en la Universidad Nacional de las Artes para cursar la carrera de cine. Pero el salto fue tan grande que el movimiento geográfico se convirtió en un sismo interno: no conocía Capital y Capital empezaba a fagocitarlo de un bocado. Ñam, ñam: ahí fue Andy. “Sentía que tenía que estar a la altura de la ciudad”.
Desde su monoambiente, a pasitos de Av. Corrientes y Pueyrredón, Andrés, que venía de la tensa calma pueblerina, se estroló de jeta contra la contaminación sonora y visual. Con los cientos de locales, olores, chapas, estéticas y accesos: “Fue una locura”.
Allí se dio cuenta de que o se apiolaba o era pollo. “Empecé a ver cuáles eran los boliches más rancios e ir”, confiesa. En una especie de tour de force à–la-película-de-Gaspar Noé, el joven e inexperto Andrés empezó a meterse en sótanos oscuros, a convivir con extraterrestres, a hundirse en un mar de sustancias y situaciones, de mínima, random y, de máxima, peligrosas.
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“Fueron dos años de entrenamiento hasta que me transformé en una criatura muy diferente de lo que era cuando llegué a Buenos Aires”.
Haciendo un balance entre el mundo académico y el submundo de las discotecas y la noche, Andrés fue mutando de piel y comenzó a enroscarse sobre sus nuevas expectativas. Pero, ¿qué era lo que realmente estaba buscando?
“La quería pegar antes de entender qué es pegarla”, cuenta. Y eso se convirtió en una especie de obsesión, un tema recurrente. “Tenía que encontrar algo que me haga pegarla y pensaba que lo iba a hacer enroscándome”.

Entonces, pasó noches sin conciliar el sueño, yendo a la facultad clavadísimo y saliendo de joda cada descenso de los cielos. De allí, su nickname: Inzomnia Films.
“Por suerte pude salir de eso”, alivia.
Así las cosas, peleado con las estructuras y contrariado con el snobismo, Inzomnia dejó la carrera. “Me di cuenta que no iba a terminar la universidad. Que todo eso había sido un preludio. Y en un momento entendí que era por otro lado”.
Capítulo I: Quanti Martiri Ha Potuto Passare
Después de mamar este nuevo impacto estético, de divorciarse de la idea de las formalidades y de sus ganas desesperadas por conocer gente que le abra la bocha, encontró a un grupo de pibes que, más o menos, andaban en la misma que él.
“Cerré un ciclo que me define como persona”, reconoce a propósito del momento en que se ungió en las huestes de la RIP Gang.
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—¿Qué buscabas hasta ese momento?
—Creo que lo mismo que busco ahora: que a la gente le sirva lo desquiciado de mi personalidad. Todo eso que expulso para entenderme. Me gusta que digan “fa, está sacado”. Y creo que es lo que está empezando a pasar ahora con mi laburo.
—¿Y qué es lo que te marcó en todo este proceso?
—Lo que más tuvo impacto en mi vida fueron las cosas raras. Ni lo lindo, ni lo feo; ni lo bueno, ni lo malo. Y, para entenderme mejor, supe que los traumas son los que me generaron un impacto estético más profundo. Que incluso tienen que ver con mis conductas de comportamiento. No nos enseñan a explorar esos sentimientos.
Entretanto, durante un verano, tras una visita familiar de Dillom a Misiones (de allí es su abuelo; ahí vivió su mamá), Inzomnia se mandó derecho donde estaba el artista y, sin más, lo encaró. Le sacó la ficha de su locación vía stories, tomaron una cervezas y en ese instante nació una especie de amistad. Por ese entonces, Dillom ya había publicado “Drippin” y “Keloke”. Sin más, Inzomnia le mostró “Ruega x nosotros pecadores” de Olimac Rizas, el primer videoclip de su autoría.